lunes, 23 de marzo de 2009

"Club de lucha" (fragmento), de Chuck Palahniuk

Es sábado por la noche y estamos sentados sobre dos neumáticos pinchados en los asientos delanteros de un Impala del 68, en la primera fila de un aparcamiento de coches de ocasión. Tyler y yo charlamos y bebemos latas de cerveza; el asiento delantero de este Impala es más grande que la mayoría de los sofás que tiene la gente. Hay otros aparcamientos como éste a lo largo del paseo; en el ramo los llaman Lotes de Cafeteras y todos los coches vienen a costar unos doscientos dólares. Durante el día, los gitanos a cargo de estos aparcamientos se meten en sus oficinas de madera contrachapada y fuman puritos largos y delgados.
Estas viejas bañeras son los primeros coches en los que los críos iban al instituto: Gremlins y Pacers, Mavericks y Hornets, Pintos, rancheras de la International Harvester, Camaros, Dusters e Impalas. Coches que la gente apreciaba y luego abandonó. Animales que se venden a peso; vestidos de dama de honor en el mercadillo benéfico de la Buena Voluntad. Tienen abolladuras; las aletas y el capó delanteros están pintados de negro, rojo o gris, y hay grumos de masilla que nadie se preocupó de lijar. Interiores de plástico imitando madera, cuero y cromados. Por la noche, los gitanos ni se molestan en cerrar las puertas de los coches.
Las farolas del paseo iluminan el precio pintado en el parabrisas del Impala, un parabrisas enorme y envolvente como una pantalla de Cinemascope. Vea Estados Unidos. Cuesta noventa y ocho dólares. Desde el interior parece que fueran ochenta y nueve centavos: cero, cero, coma, ocho, nueve. Norteamérica te pide que llames.
Aquí la mayoría de los coches valen unos cien dólares, y todos llevan un contrato de venta TAL COMO ESTÁ colgado en la ventanilla del conductor.
Escogimos el Impala porque si había que dormir en un coche aquél sábado por la noche, éste era el que tenía los asientos más grandes.


Chuck Palahniuk

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