sábado, 14 de noviembre de 2009

Poema + dibujo de Leticia Vera



Tengo una
pequeña semilla
de gasolina
en el centro del pecho,
que quiere arder
a toda costa
en la tierra fértil
del insomnio.
Tengo una cuchilla
amordazada
y enterrada
bajo el jazmín
que florece
en invierno.
Sentada en una silla,
espero que broten
esas flores afiladas
para adornar mis pechos.


Leticia Vera.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

"Por las solapas", de Alberto Clavería

En último término
todo se reduce
a agarrar la vida por las solapas
y decirle “pero tú
tú quién coño te has creído que eres”.

Mi consejo es que lo hagas
cuanto antes
no sea que
te agarre ella a ti primero.


Alberto Clavería

Un poema de Kutxi Romero



Si mi persona hiede
no será una declaración de principios
sino una justificación
de los medios
que utilicé
al trasegar
por La Vida
¿Y cómo explicar cuando parta
que el pañuelo
de la despedida
estaba seco?

Kutxi Romero

miércoles, 7 de octubre de 2009

"Julieta", de Alberto Clavería

La ví
tan sola
allá en su
balcón,

mirando el fuego de
un candil
y esperando...
¡Vete tú a saber
qué esperaba!

A cada paso que se oía en la calle
daba un respingo
como pensando que
llegaba alguien,

luego ya veía que
no era nadie
y entrecerraba otra vez
los ojos.

Yo alcé el cuello
de la chaqueta
para protegerme del frío
y me fui,
quizás para siempre,

pensando que a veces
el número de Romeos
y el número de Julietas
simplemente
no concuerda.

Alberto Clavería

"Caballos en el océano", de Boris Slutski

Aunque no mucho ni muy lejos,
los caballos pueden nadar.
“Slava” –que en ruso quiere decir “Gloria”-
es un nombre difícil de olvidar.

Con tal nombre, un orgulloso barco
se internaba, atrevido, mar adentro.
En la bodega, mil caballos,
estremecido el inocente belfo,

piafaban noche y día: sus miles de herraduras
no traerían esa vez la suerte.
Cuando, muy lejos de la tierra,
la mina abrió en la quilla un gran boquete,

los hombres se subieron a los botes,
los caballos nadaron, simplemente.
No había sitio en las balsas ni en las lanchas:
tan sólo eso podía hacerse.

Como una isla rojiza flotaron en el agua,
una isla a la deriva sobre el mar. Al principio
parecía que el nadar era muy fácil,
creían que el océano era un río.

Pero ¿dónde estaban las márgenes del río?
Casi sin fuerza ya para nadar,
relincharon de pronto, contra aquellos
que los ahogaban en el mar.

Al fin se hundieron, salpicando
el aire de relinchos y de espuma.
Eso fue todo.

... Y mi tristeza
por ellos, los caballos que nunca
galoparán ya más sobre la tierra.

Boris Slutski

jueves, 17 de septiembre de 2009

"La cruz", de Alberto Clavería

Nunca olvides que es siempre
la misma moneda
la que paga flores y luego
paga metralletas o
la que cae hoy cara
y mañana cruz,

la misma flor la que dice
lo siento
y la que provoca
alergia,

la misma tinta la que traza
lindas palabras de amor
y más tarde firma
declaraciones de guerra,

el mismo tiempo que
nos da la vida
y nos mata,

las mismas lágrimas
de risa
o de pena,

y la misma llamada de teléfono
que trae buenas noticias
o muy malas.

Pero lo único que siempre
es igual,
lo que nunca jamás
cambia

es la cruz
que uno arrastra en vida
y que finalmente
acaba decorando su tumba.


Alberto Clavería.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

"El nirvana (y tu kimono)", de Alberto Clavería

Me cambió el corazón de lado
con algo que fumé,

y las mañanas duran mucho mucho demasiado
si al arrimarme no tengo a quién,

y los mediodías me llegan tarde
queriendo saltar encima mío,

y hacia el anochecer tus abanicares
me hacen querer tirarme al río,

y el periódico se hace corto
de tanto incluir noticias malas,

y a veces el silencio se vuelve loco
porque me niega el nirvana,

y las estrellas se acercan un poquito
para que las acaricie entre mis dedos,

y el sol no sabe nada de abanicos
porque la luna le pasa el plumero,

y me siguen las miradas de las fotos,
como diciéndome “Así te habrías de ver”,

y se pierde entre la bruma tu kimono
mientras yo alargo la mano a través,

y los muros se derrumban cuando pasas a su lado
echando a volar tu falda,

y me vuelvo a casa derrotado
para encontrarme con fuego y lava,

y se oyen ruidos de fondo
cuando pienso en besarte,

y aún no afilo los versos del todo
porque podría dañarte,

y de cada botella que abro
sale el mal genio,

y si me ensucio me lavo
con el agua de un charco gélido,

y la vida ya no es vida
cuando empiezas a faltarme,

y yo mismo me pongo la puntilla
cada día a media tarde.


Alberto Clavería

martes, 1 de septiembre de 2009

"Corazón", de David González

Si te acostumbras
como yo
a soñar solo
y a despertar solo
en el lado izquierdo
de tu lecho conyugal,

el lado del corazón,

has de entender
metértelo bien en la cabeza
que un día cualquiera
el menos pensado
ese corazón tuyo
del lado del cuál duermes
se transformará
al tacto
en la sábana
de otro extremo
de tu lecho conyugal:

una sábana fría
en la que no duerme nadie

ni siquiera tú.


David González

lunes, 31 de agosto de 2009

"Tú y yo", de Alberto Clavería

Tú y yo nos hemos de encontrar en
los acantilados del fin del mundo,
allí donde las noches
vacían los vasos,
los pintores se rinden ante el lienzo en blanco
y los reyes abdican.

Tú y yo sabremos de todo lo malo,
de callejones sin farolas,
conoceremos el destino
aunque la brújula se haya perdido,

tú y yo viajaremos
-en lo que dura un pestañeo-
hasta el rincón de las cosas
que jamás quisieron ser halladas.

Tú y yo
aprenderemos a ser más que nadie,
a engañar al Tiempo
poniendo cara de buenos,

tú y yo nos entrelazaremos
para ponérselo difícil a La Parca,
y seremos un mismo ser
sin que nos importe la ríada,

tú y yo buscaremos rastros en el
amanecer, intentando encontrar en el firmamento
aquello que nunca tuvimos
entre las manos.

Pero lo más triste es que
tú y yo jamás de los jamases
lograremos mirarnos
a los ojos.


Alberto Clavería

"Poema Dos", de El Kebrantaversos

Se esconde entre las sombras
yo no le tengo miedo
él se ausenta en el día
y me obsequia en el silencio

se introduce tranquilo
en mi seso lo siento
y se muestra burlón
a la par que sincero
y me enseña el camino
que conduce al infierno

se desliza en mi sueño
aparece grotesco
y me reta a escribir
a romperme por dentro
y retando a la Luna

es el duende del verso.


Kebran

miércoles, 26 de agosto de 2009

"Las burbujas", de Alberto Clavería

Mientras me dices que
ya no me quieres,
bajo la mirada y me fijo en
mi vaso de
Coca-cola,

tú vas hablando y yo
observo las burbujas fijamente
como queriendo meterme en el vaso con ellas:

algunas se quedan en la superfície,
otras saltan y se diluyen en el aire.

Tienen suerte, pienso,
ellas pueden escoger.

Me preguntas si te estoy escuchando y
te contesto

sí,
claro que sí.


Alberto Clavería

martes, 25 de agosto de 2009

"Maol-Mhin", de Gustavo Caso Rosendi

Era terriblemente bello
mirar en pleno bombardeo
la suavidad con que caían
los copos de la nieve.

Gustavo Caso Rosendi

viernes, 21 de agosto de 2009

"Lo decían Jack Kerouac y Thom Yorke", de Alberto Clavería

No es tan fácil como
sentarse a verlas venir, sabes?

Las palabras,
las letras,
desfilan siempre
ante tus morros
y puedes cazarlas o
no,

van muy rápido, eso sí,
pero es como con los trenes que pasan
a toda leche:
si te fijas en un vagón
ya eres capaz de verlos todos.

La cuestión no es
esperarlas.

Harías bien en quitarte la venda de los ojos
o en levantar la mirada,
ya lo decía Jack Kerouac:
siéntate ante el papel y
toma una bocanada de aire,
cuando la expulses ya deberías tener
un buen comienzo.

La inspiración existe pero
es esquiva,
y mientras no la tengas
puedes crear
igualmente,

también decía Thom Yorke que
las almas que flotan por el aire
(!)
nos susurran palabras al oído
continuamente,
solamente es cosa de saber escuchar.

Cuando estés en el andamio o
en el matadero o
en la puta calle

debes
aprovecharlo,

pon la oreja
y oriéntala bien
no hacia fuera
sino hacia
adentro,

anótalo todo en tu cabeza
y ponle luego los puntos y las comas,

así es como uno se siente a la vez
vivo y muerto,
fresco y podrido,

pero sobretodo, y esto ya lo sabían muchos
muchísimos
antes que tú,

sobretodo es así como los hombres
les ponemos caras a las calaveras.


Alberto Clavería.

"Como en un western / Espejito, espejito", de Alberto Clavería

Let me die in my footsteps
before I go down under the ground
.
Let me die in my footsteps, Bob Dylan.

Cuéntame otra vez aquello del día después,
lo de que todo será mejor,
lo de que esto en realidad es un sueño
y ya queda poco para despertar,

o lo de que aquí no pasa nada
y que las bolas de espino que ruedan por mi cama
como en un western
son de atrezzo.

Recuérdame,
recuérdame todo lo que dijiste acerca de la
felicidad,
de la época de anillos, champán y
París,

cómo era aquello que solías repetir,
eso de que siempre hay esperanza,
sobretodo cuando
no lo parece.

Aquí me ves, de rodillas,
por favor,
te lo pido,
díme todo aquello solo una vez más,
espejito mío.


Alberto Clavería

jueves, 20 de agosto de 2009

"La rana y el puchero", de Alberto Clavería

Suena un disco de
grandes éxitos
de la Creedence,
hemos sacado las sillas a la terraza
y nos hemos puesto a hablar y a reír,
a beber y a fumar.

Luego vemos que ha anochecido
pero
ni nos hemos dado cuenta,
es como lo de las ranas en agua hirviendo:

si metes una rana en un puchero de agua que hierve,
ella patalea y salta,
pero si la metes en agua normal y después la vas
calentando,
la rana acaba frita sin enterarse.

Pienso en ello y me permito sonreír
un poquito.


Alberto Clavería

The Irish rover - The Pogues & The Dubliners



We had sailed seven years
When the measles broke out
And the ship lost its way in the fog
And that whale of a crew
Was reduced down to two
Just myself and the Captain's old dog
Then the ship struck a rock
Oh Lord! what a shock
The bulkhead was turned right over
Turned nine times around
And the poor old dog was drowned (1,2,3!)
I'm the last of The Irish Rover


Canción tradicional irlandesa

lunes, 20 de julio de 2009

Tu amor es como un melón:

Por la mañana, oro.
Por la tarde, plata.
Por la noche, te mata.

Alberto Clavería

"Insomnio", de Dámaso Alonso

Madrid es una ciudad de más de un millón de
[cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo
en este nicho en el que hace 45 años que
[me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar
los perros o fluir blandamente la luz de luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán ladran-
do como un perro enfurecido, fluyendo
como la ubre de la leche caliente de una
[gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntán-
dole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en
[esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren
[lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra
[podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
[las tristes azucenas letales de tus noches?

Dámaso Alonso

domingo, 19 de julio de 2009

"La corona", de Alberto Clavería

Tengo una corona
que no es de oro
ni tiene joyas preciosas engarzadas:
es de espinos y herrumbre oxidada.

Cada vez que me la intento sacar
de la cabeza
me pincho los dedos
y la sangre fluye lentamente por
la palma de la mano hasta
los brazos pasando por
las muñecas hasta llegar a
los codos y de ahí
no sé muy bien a dónde va,
solamente sé que me quedan las cicatrices,

esas que vuelvo a mirar fijamente
cada vez que vuelvo a pensar en
quitarme la corona.

Alberto Clavería

"Yo no sé lo que busco eternamente", de Rosalía de Castro

Yo no sé lo que busco eternamente
en la tierra, en el aire y en el cielo;
yo no sé lo que busco, pero es algo
que perdí no sé cuándo y que no encuentro,
aun cuando sueñe que invisible habita
en todo cuanto toco y cuanto veo.

Felicidad, no he de volver a hallarte
en la tierra, en el aire ni en el cielo,
¡aun cuando sé que existes
y no eres vano sueño!

Rosalía de Castro

sábado, 18 de julio de 2009

"Patio de luces", de Alberto Clavería

Los rayos de sol caen de pleno
sobre el tejado de uralita
creando una especie de
efecto invernadero
aquí en nuestro propio patio de luces
y las radios están demasiado altas y
puedo oír perfectamente
desde la ventana de la chavala
del segundo tercera
aquella canción que dice
que ese ha sido un día perfecto
bebiendo sangría en el zoo
y yo contraataco subiendo el volumen
del tronado radiocassette
justamente cuando Johnny Cash
habla del peor hotel del mundo
“joder
Johnny debe estar en la habitación de al lado”
pienso
mientras mi pelo crece
y el vino envejece
y la orquesta que una vez contraté
para que tocase en el peor día de mi vida
dobla el pasillo.

Alberto Clavería

"Único modo", de Martín López-Vega

No hables. Sólo sonríe.
No me digas si volverás
mañana por aquí. No me permitas
que llegue a tocarte, ni a hablarte.
Sólo déjame ver
una vez más tus ojos verdes.
Ya está. Vete. Ahora.

Es la única manera
de que te quiera para siempre.

Martín López-Vega

viernes, 3 de julio de 2009

"Tengo una lágrima colgando de los ojos", de Alberto Clavería

Tengo una lágrima colgando de los ojos
que no sabe cómo caer.

Yo le digo que no se preocupe,
que para eso siempre hay tiempo,
y oigo los gritos de los vecinos
a través de los tabiques
pero

creo que ella tiene miedo de caer y miedo de
ser la primera de muchas,
la pionera,
pero le hago ver que eso
no importa porque
nadie le va a echar la culpa,

mientras tanto, la gente se lo pasa bien,
sus risas se cuelan entre los barrotes de mi ventana
y los fuegos artificiales
inundan el cielo
y rebotan los casquillos y
huelo a pólvora,
pólvora que también olisquea la
lágrima,

y mientras le sigo hablando

ella ya ha caído sobre el vaso.


Alberto Clavería

"Tenlo en cuenta", de Javier Das

El mundo nunca
se hundirá
-ni se rendirá-
a tus pies.
Así que
esta noche
sal a bailar,
que no sea otro
el que te cuente
cómo suenan las olas
al romper en las rocas.


Javier Das

miércoles, 24 de junio de 2009

Un poema de Isabel Bono

de los edificios
más altos

conservo la escarcha
del vértigo
fluorescentes decapitados
y conversaciones tristes
con pájaros suicidas

ningún amor

a estas alturas
mi corazón es una ciudad
sin ventanas


Isabel Bono

martes, 23 de junio de 2009

"El sacacorchos", de Alberto Clavería

Me da igual que no me quieras,
que tus miradas se diluyan en el aire
como DDT,
así están las cosas.
No voy a
jugar,
ni tan siquiera pienso
calzarme las botas
ni calentar por la banda.
Minuto noventa de partido
sin añadido.

Si para sacarte una mirada
tengo que emplear el sacacorchos
no vale la pena que me
esfuerce.

Por la Calle Mayor avanzan los tanques,
y entre bombardeo y bombardeo
no pienso escribirte nada más.

Mi último poema se lo llevará el viento,
el grito posterior la lluvia,
y a ti,
a ti te dejo lo mejor:
mi cuerpo inerte,
para que le des el digno entierro
que no supiste darle en vida.


Alberto Clavería

"Los mismos clavos", de Marea



Mi casa está donde estás tú,
los mismos ojos, la misma luz.
Mi casa está donde estás tú,
los mismos clavos, la misma cruz,
los mismos clavos, el mismo ataúd.

Marea

lunes, 22 de junio de 2009

"Negras manos", de Alberto Clavería

Mira mis manos,
sólo te pido eso.

Después de todo y antes que nada
es poco lo que te pido:
mírame las manos.

“Están negras”,
dirás,
“completamente negras”.

No te faltará razón.

Pero si están negras
es por ir cargando con tus penas
para que duermas por las noches
mientras yo me las lavo
en el fregadero
de mil ameneceres.


Alberto Clavería

"Fugazmente casi eterno", de Carlos Gutiérrez H.

Pregúntate
como afrontarías
si cada
instante
es una revelación
constante, - creedme, no sé si es mente o qué-
con su mezcla
de placer
y dolor
al 50-50,
pregúntatelo,
el mundo se
cayó a mis pies
y yo sólo
era un
observador,
disoluto y sin ego,
entonces
qué,
¿puedo?,
el fluir,
el vivir,
el sentir,
tocar
tierra
en segundos,
mejor
en cero,
debo
todo
y debo
nada,
estoy
intentando
salir
a flote
porque
estoy
perdido
en el universo,
eso sí
que duele,
buscar
el sitio,
encontrar
el sitio,
ahora
dime qué
es fácil,
te diré
que también
entra
en mi perímetro
el infinito.


Carlos Gutiérrez H.

domingo, 21 de junio de 2009

"Patio de luces", de Alberto Clavería

Los rayos de sol caen de pleno
sobre el tejado de uralita
creando una especie de
efecto invernadero
aquí en nuestro propio patio de luces
y las radios están demasiado altas y
puedo oír perfectamente
desde la ventana de la chavala
del segundo tercera
aquella canción que dice
que ese ha sido un día perfecto
bebiendo sangría en el zoo
y yo contraataco subiendo el volumen
del tronado radiocassette
justamente cuando Johnny Cash
habla del peor hotel del mundo
“joder
Johnny debe estar en la habitación de al lado”
pienso
mientras mi pelo crece
y el vino envejece
y la orquesta que una vez contraté
para que tocase en el peor día de mi vida
dobla el pasillo.


Alberto Clavería

"Es tan poco", de Mario Benedetti

Lo que conoces
es tan poco
lo que conoces
de mí
lo que conoces
son mis nubes
son mis silencios
son mis gestos
lo que conoces
es la tristeza
de mi casa vista de afuera
son los postigos de mi tristeza
el llamador de mi tristeza

Pero no sabes
nada
a lo sumo
piensas a veces
que es tan poco
lo que conozco
de ti
lo que conozco
o sea tus nubes
o tus silencios
o tus gestos
lo que conozco
es la tristeza
de tu casa vista de afuera
son los postigos de tu tristeza
el llamador de tu tristeza.
Pero no llamas.
Pero no llamo.


Mario Benedetti

sábado, 16 de mayo de 2009

"Poesía para Tupac Shakur", de Alberto Clavería



Aquella noche,
escuchando a Tupac Shakur,
él decía en una canción
“Dicen que hemos cambiado,
pero aún no estamos preparados para
un presidente negro”.

Bien, Tupac,
aquella noche
y solo aquella,
alcé mi copa de perdedor y
miré al cielo
buscándote con esos ojos míos
que se iban cerrando lentamente,
para decirte que erraste el tiro
por unos
quince años.

Alberto Clavería

martes, 12 de mayo de 2009

"Un jarrón que nunca será Ming", de Alberto Clavería

Las gotas de agua caen del grifo de la cocina
y yo no pienso levantarme a cerrarlo.

Hoy estoy tirado en el sofá,
puede que ayer hubiera guerras,
puede que mañana plante mis sonrisas
en un huerto que no ha de fermentar;

la montaña de platos por fregar,
esa ropa sucia que dormita en un rincón,
las botellas que huyen de sus etiquetas
para pelearse con las flores del jarrón,
un jarrón que nunca será Ming...

Las gotas de agua caen del grifo de la cocina
y yo no pienso levantarme a cerrarlo.

Alberto Clavería

viernes, 24 de abril de 2009

"Sean bienvenidos", de Barricada



Con la tarde voy sintiendo tu presencia en todas partes
y me ahoga la ansiedad
de saber que soy tragado cada noche por tu aliento
aunque me esconda detrás.
Como astillas colgando te llevo clavada en el alma
y cada herida me recuerda que soy un globo de feria por explotar.

A tu lado me siento mejor cuando termina la función
y salimos a buscar cobijo en la madrugada... ¡Vaya pasada!
Cómo voy a escapar de ti si tú eres mi disfraz?
Querida soledad no me tapes más con tu sábana

jueves, 23 de abril de 2009

"La dama de negro", de Alberto Clavería

Me escapé del tanatorio buscando el bar más cercano,
que resultó estar a la vuelta de la esquina.
Con manos temblorosas, compré un paquete de tabaco,
y mientras le quitaba el precinto
pedí un vaso de tinto.

Aquel bar estaba casi a oscuras aunque fuera mediodía,
sonaba Rosendo y
los taburetes eran cómodos.
Era un sitio muy agradable.

Entró una mujer, dejó el bolso sobre la barra
y tomó asiento a mi lado.
Cuando llegó su vaso de vino blanco,
se lo bebió de un trago y a continuación
pidió otro.

La miré, aprovechando que ella giraba su cara
hacia la puerta,
y comprobé lo que de todas formas ya sabía,
que iba completamente vestida de negro.

Como yo.


Alberto Clavería

miércoles, 22 de abril de 2009

"El vaso roto", de Alberto Clavería

Sin darme cuenta,
empujé el vaso hasta el borde de la mesa.

Recé para que no se rompiera,
para que su contenido no manchase la alfombra,
me conformaba con una pequeña marca
en el cristal,
me conformaba con el susto.

Pero el tiempo no se detuvo,
Dios debía estar de vacaciones, y
el vaso, finalmente,
se quebró contra el suelo.

Saqué la escoba,
diabólico instrumento de mi ignominia,
y empujé los trozos de cristal
hacia el Montón de los Vasos Rotos.


Alberto Clavería

"Un poema desorganizado sobre un día desorganizado..." (fragmento), de Charles Bukowski

Un poema desorganizado sobre un día desorganizado, con mujeres corriendo de aquí para allá y el precio de la cerveza 2 centavos más caro por lata.

cuello de pavo y lorca, poeta que sonríe mirándose las uñas
en Melrose Ave., luces tenues, gatos gordos de mirlos,
zapatos siempre viejos, maderos siempre jóvenes, arañas llenas de
sangre y luz de luna... un poema es amor incluso cuando odia,
y Sr. Phillin, quiero decirle:
un poeta tiene un puño de acero y un puño
de amor/ Manolete ensartado en el cuerno ante la muchedumbre,
el sol brotando rojo...
hasta las moscas y los guijarros están pasmados,
y el toro
el toro es ahora Manolete

y este poema
espera encontrar
alguien que no haya muerto.


Charles Bukowski

martes, 21 de abril de 2009

"Donde las hiedras se hacen dueñas de cada pared", de Alberto Clavería

Me gustaba pasar por ahí en tren,
la luz del sol se filtraba entre los cipreses
y te golpeaba en la cara,
era relajante.

Las casas de planta baja
exhibían la ropa puesta a secar,
y muchas veces yo pensaba
que era el único que sabía admirarla.

Era un paraíso que te cagas de verde,
donde las hiedras se hacían dueñas
de cada pared,
como aquello del Club de Lucha:
“te encaramarás a los rascacielos abandonados
ayudándote de gruesas enredaderas,
y verás campos de trigo allá a lo lejos”.

En fin, me giré
y delante tenía una chica
endiabladamente hermosa.
Me sonrió.

El mundo no estaba jodido del todo.


Alberto Clavería

"BAR FRANKFURT, ENTENZA", de Sergi Puertas

Tú estabas borracho, eso lo primero
y de pronto te hallabas frente a un desconocido
que la mayor parte de las veces
parecía buena persona y afable.
Entonces se disculpaba, se ponía en pie
y se dirigía a la barra. Se colaba tras ella y le decía al dueño:
Oye, Salva, te cojo un poco de Albal.
Y papel de aluminio en mano
se dirigía a los lavabos
de donde regresaba
tembloroso y sudoroso
con las manos en los bolsillos
y con esa mirada.

En adelante aquel desconocido ya no hablaba más
y en adelante lo más recomendable era no hablarle:
Cualquier comentario banal podía ser interpretado como amenaza
cualquier observación como insulto
y cualquier pestañeo como insinuación.
La verdad, visto con perspectiva
no sé qué hacia yo allí.
Supongo que por aquel entonces
ya me había dado cuenta
de que para comerse el mundo
se precisaba hambre y de que yo era inapetente.
Tal vez quisiera información de primera mano acerca de cómo les va a los desganados.

Además, me inquietaba el contraste de la rigidez de mi entorno
con la ternura de mis carnes y mi naturaleza masticable.
En todo caso estaba borracho, eso lo primero
y cuando al grito de ¡Todos fuera!
Salva echaba mano de la persiana de acero
yo me precipitaba al retrete a echar la última meada
y me miraba al espejo
y veía que pese a no trastear con el papel de aluminio
también yo tenía esa mirada
y entonces caía en cómo
a lo largo de la noche, todos todos
se habían guardado mucho mucho
de decirme nada nada.


Sergi Puertas

lunes, 20 de abril de 2009

"Desplumado", de Alberto Clavería

Llegué tarde y pregunté
si la partida ya había acabado.
No es que quisiera jugar,
era solo para cortar el hielo.

Un tío me cogió por banda y me dijo
que habían estado jugando al póker francés,
que era "una variación ya extinta del
póker caribeño, con tres manos destapadas..."
y docenas de datos más que no recuerdo.

El tío parecía controlar del tema,
y de pronto me dijo
"Mira, yo apenas sé jugar,
si quieres montamos una partida pequeñita
y nos jugamos algo de dinero."

Vi sus ojos,
de color verde tapete
y olor a humo
de cien puros
y le dije que no.

Una vez más
la vida había querido desplumarme
pero yo ya había salido desplumado
de otra casa:
la mía.


Alberto Clavería

"Esperanza", de Ángel González

Esperanza,
araña negra del atardecer.
Te paras
no lejos de mi cuerpo
abandonado, andas
en torno a mí,
tejiendo, rápida,
inconsistentes hilos invisibles,
te acercas, obstinada,
y me acaricias casi con tu sombra
pesada
y leve a un tiempo.
Agazapada
bajo las piedras y las horas,
esperaste, paciente, la llegada
de esta tarde
en la que nada
es ya posible...
Mi corazón:
tu nido.
Muerde en él, esperanza.


Ángel González

martes, 14 de abril de 2009

"Sonríe a la cámara", de Alberto Clavería

Sonríe a la cámara,
recuerda,
sonríe.

Que tu cara no explique
las noches en vela,
las botellas vacías
o los ceniceros llenos,
que tus ojos jamás sean puerta de entrada
al parque de atracciones averiado en que se tornaron
todos los sueños.

Lo que quieren es que sonrías.

A quién le importa que mañana se mueran las flores
o caduquen las proposiciones,
que duelan las muelas
o ardan las palabras.

Lo que quieren es que sonrías.

No quieren saber que las ventiscas levantaron la arena
que pasó rozando tu esmalte,
ni que ayer fue (como casi siempre)
demasiado tarde.

Lo que quieren es que sonrías.

Guárdate las mañanas con lluvia
y las barras de bar sin reposapiés.
Cállate si lo que vas a decir
no vale más que un rato de silencio.

Trágatelo todo.

Y recuerda,
sonríele a la cámara,
sonríe.


Alberto Clavería

"La noche del soldado en la casa abandonada", de Leopoldo María Panero

El enemigo no está aquí: las sombras.
No sé si ha huído al mar o aulla en la montaña
perdido entre lobos o pegando, por sentir algo
el desnudo cuerpo a un roble.

Su idea

cae de mi cabeza con el hacha que poda
una tras otra las ramas
del árbol en que la locura cantara, el buho:
es el otoño en mi cabeza.
Las palabras libertad, patria suenan ahora como el grillo
o como la puerta que el viento no conmueve: mañana
con mis cabellos encenderé la hoguera.

Dos pájaros

pelean en lo alto con sus picos.
Temo morir.
Temo morir más que en la batalla
temo perder el ser, vencida la batalla
por medio de este ruido sigiloso.

Temo que caiga el nombre

/como del muro
el revoco, el papel, el dibujo. ¿Qué es la noche?
¿Qué es el buho? ¡Si un perro ladrara!
Si un perro ladrara devolviéndome algo
del candor del estruendo, de
la vid de la batalla.
El ejército ruso no pudo con mi espada:
el silencio, sí.


Leopoldo María Panero

martes, 31 de marzo de 2009

"Seremos pasto de ángeles", de Alberto Clavería

No te desengañes, Julieta,
los ángeles desdentados
se han de pelear por lo que quede de
nuestros huesos.
Y aún eso nos dolerá
como duele la sangre al pasar por
las venas abiertas.

Hundirán sus encías desnudas,
hundirán durante milenios
en lo poco de carne que nos quede.
Y a pesar de eso no me arrepentiré jamás
de intentar ser Romeo.


Alberto Clavería

Carta de Charles Bukowski a Sheri Martinelli


tal vez 29 de abril, sesntyuno, estados nidos

Sí, Shed:
Dile (...) que soy un viejo silencioso que bebe cerveza por galones porque le faltan tripas
la gente que viene a verme (e intento que no ocurra tal cosa) dice lo mismo que el poeta William Pillin,
vaya, creía que eras MÁS JOVEN...
o como una mujer con la que viví:
dijo:
no sé, creía que serías más...
¿Más QUÉ?
¡Bueno, más fogoso! o algo así. Al leer tus poemas me pareció...
No entienden que un hombre puede estar sentado en una silla parpadeando igual que una rana sobria y es un lento filtrarse de la luz, hacia el interior... y si alguna vez por fin te pones histérico como toda criatura debe hacer al cabo cuando los nervios están a flor de piel... corren al amante secreto para hablarle de la bestia.
;;;este cabezón no quiere leer; lucho a brazo partido con cantidad de mierda en otras partes, y tengo que establecer mis propias leyes para las horas en que no trago mierda para así poder respirar.


Charles Bukowski

jueves, 26 de marzo de 2009

"Disfraz", de Alberto Clavería

"Se dicen muchas cosas sobre mí.
Si dejamos de lado las que son mentira,
la mayoría no son verdad
y el resto tampoco."

El célebre desconocido, Sergi Puertas.

A veces te disfrazas de escorpión y me lanzas duras miradas de soslayo
desde debajo de las piedras,
y aún en las mejores noches
oigo tus gruñidos desde lejos.

Y me viras,
me soplas las velas
con las pestañas,
para reírte mientras me alejas.
Subo los escalones
pero yo mismo me tropiezo,
“y solo sale cero, y cero,
yo solo espero ser más certero”*
e intentar caer de pie.

Saboreo las pocas gotas de rencor que me dejas
después de jugar conmigo
a decirme con la boca que no
y con los ojos que sí.

Y ahora qué,
¿qué cara quieres que ponga,
que disfraz debería escoger del armario?
¿Con qué agua voy a regar mis palabras
si solo me proporcionas negro material?

Cada día voy disfrazado de algo diferente.

A veces salgo de casa con el corazón ya roto
y me camuflo con la niebla,
que se ondula a mi alrededor
hasta hacerme desaparecer.

También hay días en que
no me alcanzan los prados
para dar volteretas,
y brotan las palabras solas y
florecientes de esperanza.

Por lo general,
voy de puntillas por esto de la vida
como si mañana repartieran la suerte,
y me llevo conmigo
pequeñas gotas de lluvia
que jamás quisieron llegar al mar.

Dejo diminutos trozos de vida
en cada paso que doy,
y me desangro de la piel pa’ dentro
desahuciado en mi fuero interno.


Alberto Clavería
(* Estos versos son de "Poesía difusa", de Nach.)

"Segundos de eternidad", de Karmelo Iribarren

Faltan unos segundos
para que el taxi
arranque
y se la lleve
a través de las calles
de esta ciudad
-quieta y silenciosa
en la madrugada- para siempre.
Unos segundos apenas
que los dos aprovechamos
-no sé con qué fin, no puede haberlo,
solo hemos intercambiado unas palabras-
para mirarnos y decirnos todo
lo que quizás nos hubiésemos dicho
a lo largo
de una vida.
Una vida
entera ahí, en una mirada
que sólo puede durar
unos segundos:

lo que duran a veces
los momentos
que la iluminan de verdad.


Karmelo Iribarren

lunes, 23 de marzo de 2009

"Empezar la escalera por el medio", de Alberto Clavería

Hace años,
andando por Barcelona,
sin rumbo ni meta,
me senté en un banco del Paseo de Gràcia
a fumar un cigarrillo
con el firme propósito
de no pensar nunca más.

(Por aquel entonces
yo aún construía las escaleras
empezando por la parte de abajo
y con suficiente material para acabarlas.)

Se levantó algo de aire
y el viento trajo hasta mis pies una nota de papel.
La cogí y la leí en voz alta.

(Después, me dediqué a hacer equilibros
suspendido en el vacío,
y es que por aquellos tiempos
me dedicaba a construir las escaleras por la parte de arriba.)

El papelito decía
“Hombre dulce, amarás lo amargo”.

(Y ahora, ahora estoy entre aquí y ninguna parte
pues esta escalera la inicié por el medio,
y ya avance por arriba o por abajo
me voy a despeñar.)


Alberto Clavería

"Club de lucha" (fragmento), de Chuck Palahniuk

Es sábado por la noche y estamos sentados sobre dos neumáticos pinchados en los asientos delanteros de un Impala del 68, en la primera fila de un aparcamiento de coches de ocasión. Tyler y yo charlamos y bebemos latas de cerveza; el asiento delantero de este Impala es más grande que la mayoría de los sofás que tiene la gente. Hay otros aparcamientos como éste a lo largo del paseo; en el ramo los llaman Lotes de Cafeteras y todos los coches vienen a costar unos doscientos dólares. Durante el día, los gitanos a cargo de estos aparcamientos se meten en sus oficinas de madera contrachapada y fuman puritos largos y delgados.
Estas viejas bañeras son los primeros coches en los que los críos iban al instituto: Gremlins y Pacers, Mavericks y Hornets, Pintos, rancheras de la International Harvester, Camaros, Dusters e Impalas. Coches que la gente apreciaba y luego abandonó. Animales que se venden a peso; vestidos de dama de honor en el mercadillo benéfico de la Buena Voluntad. Tienen abolladuras; las aletas y el capó delanteros están pintados de negro, rojo o gris, y hay grumos de masilla que nadie se preocupó de lijar. Interiores de plástico imitando madera, cuero y cromados. Por la noche, los gitanos ni se molestan en cerrar las puertas de los coches.
Las farolas del paseo iluminan el precio pintado en el parabrisas del Impala, un parabrisas enorme y envolvente como una pantalla de Cinemascope. Vea Estados Unidos. Cuesta noventa y ocho dólares. Desde el interior parece que fueran ochenta y nueve centavos: cero, cero, coma, ocho, nueve. Norteamérica te pide que llames.
Aquí la mayoría de los coches valen unos cien dólares, y todos llevan un contrato de venta TAL COMO ESTÁ colgado en la ventanilla del conductor.
Escogimos el Impala porque si había que dormir en un coche aquél sábado por la noche, éste era el que tenía los asientos más grandes.


Chuck Palahniuk

viernes, 6 de marzo de 2009

"Al otro lado de la valla", de Alberto Clavería

Le doy puñetazos a la pared
hasta que salta la pintura
y, finalmente, aparece el yeso.

Me hablan de cómo
la hierba parece más verde
al otro lado de la valla
cuando yo nunca he sabido
ni de hierbas verdes
ni de otros lados
ni mucho menos de vallas.

De lo único que sé es de
apoyarme en las paredes
a esperar,
a esperar
Dios sabe qué
y, para no volverme loco,
sé de la sangre fluyendo por mis venas,
que es lo único que hoy tú y yo
tenemos
en común.

Le doy puñetazos a la pared
hasta que salta la pintura
y, finalmente, aparece el yeso.


Alberto Clavería

miércoles, 4 de marzo de 2009

"El ruido tras de mí", de Alberto Clavería

La cera deja paso a la lumbre,
que rompe la oscuridad con silenciosos rayos
que ni tan siquiera amenazan
a la sombra que reposa sus manos
en mis hombros.

Podría girarme,
podría girarme para ver
que no hay nada ni nadie tras de mí.
Pero no quiero hacerlo,
prefiero mantener el misterio.

Para cuando me gire podrías haberme amado,
podrías haber entrado en razón,
podrías haberme dejado.

Es cuestión de segundos.

Podrías calzarte las botas de siete leguas,
podrías haber besado más bocas de las que puedes besar,
podrías haber conducido mil kilómetros de carreteras
que nadie sabe dónde van.

Por eso, cuando oigo un ruido tras de mí
nunca miro.


Alberto Clavería

"La cárcel más oscura del planeta", de Vicente Muñoz Álvarez




Bien, vale, estos nervios
esta infructuosa lucha

quién me llama
qué me quema dentro
de quién son estas voces

el enemigo atroz
que soy yo mismo
en este cuerpo
en mi prisión

para renacer de mis cenizas

qué filosofías religiones
pueden explicarlo

mi autodestrucción

cien formas distintas de morir
de asesinarme
y nunca hay tregua

mis verdugos siempre acechan
conspiran cada noche una revolución
una ejecución un crimen

por nacer con tantas almas
mi estómago es un caos de fuego
mi cuerpo un ataúd

la carcel más oscura del planeta
soy yo mismo.


Vicente Muñoz Álvarez

"París-Dakar", de Alberto Clavería




Mi alma,
mi alma está
condenada como yo,
el piloto del Dakar que,
patidifuso,
se fuma apoyado en un cactus
el pitillo de las emergencias
mientras la moto humea entre las dunas.
(Lo creas o no,
encendí el cigarrillo con las llamas
que salían del motor de aquella maldita moto)

Ahora es cuestión de esperar
la ambulancia
o la muerte,
la que llegue antes,
en el fondo me da igual.

Allá, hacia el horizonte, se ve algo en el cielo.
Serán ángeles,
o buitres,
o espejismos que vienen a firmar mi condena.
Cristo, espero que sean o ángeles o buitres.

Lanzo mi casco contra la arena,
intentando que por lo menos haga ruido,
un ruido que me haga sentir vivo.
Pero no.
Pero no,
solamente levanta un poco de arena
que veo diluirse justo antes de tocar mis ojos.
Supongo que es mi día de suerte.

Apago el pitillo,
no sea que ocasione un incendio en este
bosque de áridas dunas
para unirse al fuego de mi moto,
ya apenas un negro armazón de metal
que huele a plástico derretido.

Si se extiende el fuego,
cosa que dudo,
qué más da?

Qué más da si no tengo agua ni para mí?
A quién maldeciré si mi cantimplora tiene un agujero?

Veo humareda,
alguien se acerca,
parece que es el equipo de rescate,
parece que me localizaron,
después de todo la fortuna me ha sonreído y-
un momento.

No es ningún coche.
Es una tormenta de arena.

A toda prisa
marco mis iniciales en el cactus,
enciendo una cerilla,
busco otro pitillo.

Pero no lo hay.
Y la cerilla se la lleva el viento.


Alberto Clavería

martes, 3 de marzo de 2009

"Tira los dados", de Charles Bukowski


Si vas a intentarlo
ve hasta el final
de lo contrario no empieces siquiera
Tal vez suponga perder novias
esposas, familia, trabajo
y quizá la cabeza.
Tal vez suponga no comer durante
tres o cuatro días
Tal vez suponga el arte
en el banco de un parque
Tal vez suponga la cárcel
Tal vez suponga humillación
Tal vez suponga desdén, aislamiento
El aislamiento es el premio
Todo lo demás es para poner
a prueba tu resistencia,
tus auténticas ganas de hacerlo
y lo harás
A pesar del rechazo y
de las ínfimas probabilidades
y será mejor que cualquier cosa
que pudieras imaginar
Si vas a intentarlo,
ve hasta el final
No existe una sensación igual
Estarás sólo con los dioses
Y las noches arderán en llamas
Llevarás las riendas de la vida
hasta la risa perfecta
es por lo único que vale
la pena luchar.


Charles Bukowski

viernes, 20 de febrero de 2009

lunes, 16 de febrero de 2009

"Los paraguas solo se echan de menos en medio de la lluvia", de Alberto Clavería

Hay mil acantilados
por los que me despeñaría,
pero si tuviera que escoger uno
sería el de tus ojos cuando te maquillas.

(Ayer lo tuve por un momento
pero se me escapó como agua entre las manos,
ni siquiera le pregunté su nombre para recordarlo.)

Las palabras que sueltas
me desgarran los oídos antes siquiera
de salir de tu boca
y cuando me llegan son ya tortura.

(Desde entonces, paso las noches en vela
preguntándome cuándo volverá
y si tendré tabaco y café suficientes.)

Tu sonrisa es para mí
una carpa de circo
con las jaulas de los animales
abiertas.

(Acumulo calderilla al fondo de los bolsillos
para que al caminar
me siga sintiendo vivo.)

El aire se hará notar
alborotando tu pelo
y lo peor es que
yo estaré ahí para verlo.

(Siempre lo supe y nunca me dí cuenta:
el café más malo es el de las despedidas
y los paraguas solo se echan de menos en medio de la lluvia.)

Los ecos de tus pasos
me taladran de día y de noche,
y ni abriendo las ventanas
me deshago de su ruido.

(Lo dejo ir, pienso, lo dejo ir
como si no me importase,
pero mañana no sé si amanecerá.)


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(Las letras en cursiva son de la canción El viento, Triana.)


Alberto Clavería

miércoles, 28 de enero de 2009

Un poema de Víktor Gómez

Horadando, con las uñas.
Orando, con las uñas.
Ando, con las uñas.
O con las uñas
o sigo encerrado en la miseria.
Tarde supe por qué
los poetas no tienen
manos
sino uñas,
no tienen ojos,
sino uñas,
no tienen palabras
sino uñas
que escarban bajo las vallas
Para que otros pasen
al otro lado de la miseria.


Víktor Gómez