lunes, 14 de abril de 2008

"Burdel del arrabal" de Alberto Clavería

Si atraviesas la puerta acabarás volviendo,
herido de amor, alcohol o lo que sea,
es claro como el agua turbia de sus ceniceros
y ese olor que te impide decir “frena”.
Ojalá tus ojos se acostumbren a la tenue luz
que te lleva de la mano hacia el interior
del burdel del arrabal, esa cruz
que muchos llevamos a cuestas sin preguntarnos la razón.

El Príncipe de los Ciegos tiene un sitio reservado hacia el fondo,
si no quieres mal nunca te sientes ahí,
porque tienes las de perder si suena el cante jondo
y él aparece no teniendo sitio para gemir.
Él, con su bastón, con sus arrugas como humo de una locomotora,
supo sacar vida de las vides y todo el mundo lo sabe,
a partir de entonces el rincón noroeste es suyo y de su pastora,
la que si se achispa un poco se duele con el cante.

A la derecha de todo queda la barra,
con sus cadenas de hierro forjado,
por eso siempre se vuelve a dar la lata
a las camareras que jamás ofrecen un cigarro.
Pide una copa y vigila las botellas,
no sea que las rellenen de matarratas.
Cuando anochece y salen las estrellas
ellas bajan a la Tierra a repartir sus mantas.

Muere un poco en cada copla, que algo quedará
de madrugada, cuando salgas y el aire te azote.
Si sales acompañado, suerte, sino otro día será,
hay tantas oportunidades como hierbajos en el monte.
Y cuando cierre el burdel del arrabal
piensa que mañana no queda otra y que abrirá, harto pero contento,
para acoger a los hijos del andamio y del jornal,
los que cuentan de la vida y los que viven del cuento.

Alberto Clavería

No hay comentarios: